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MATÍAS SÁNCHEZ

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Arremete,
en otros casos, contra alguno de los mecanismos simbólicos
usados por la capital sevillana para reconocerse: Semana Santa,
Feria, tauromaquia... Pirueta arriesgada en una ciudad tan
amante de sí misma. Y, sin embargo, más allá de la subversión y
la rebeldía, late en cada rincón de la obra la esencia misma del
solar en que se asientan y del arte que la sustenta. Fluyen los
ecos del eclecticismo e histrionismo de un lugar inconcebible si
hubiese que inventarlo de nuevo, a medio camino entre el
trampantojo barroco y el horror vacui musulmán.
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Discrepo de
aquellos que vinculan la estética de Matías Sánchez con el arte
de Basquiat o buscan débitos hacia la pintura norteamericana.
Hay un mucho de la interioridad y oscuridad expresiva hispánica.
En este «expresionismo de la actualidad» que practica Sánchez
reconozco también algo de aquel expresionismo salvaje alemán de
Grosz, Dix o Beckmann, aunque a ellos les faltaría hoy el bagaje
ecléctico y revisionista postmoderno, la tele-basura y una pizca
de guasa patria. |

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No es una
finalidad la temática, sino un medio. Se realiza una crónica, no
una denuncia. Un hecho real y fortuito provoca un flash que debe
ser guardado, para ser recuperado tras una necesaria digestión
conceptual y vivencial. Porque el trabajo pictórico del artista
parte de la abstracción sí, de la abstracción, donde se
comienza a luchar con manchas, estructuras, luces, sombras y
color, para crear un recorrido, un jeroglífico, en base a
sketchs figurativos cifrados. |
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